jueves, 3 de enero de 2019

El camino hacia la libertad


Desde que los hechiceros pusieron los barcos a surcar los cielos jamás nadie los ha utilizado para otra cosa que no sean los enfrentamientos armados y siempre con la princesa de cada reino como capitana. Me estoy saltando todas las normas de los reinos y es posible que haya consecuencias, pero ella se lo merece.

—Mi capitana, el barco está a la vista.

Nervios, eso es lo primero que siento. ¿Cómo se lo tomará? ¿Se enfadará conmigo? Ella seguro que no, pero su padre…

—Capitana, necesito órdenes.

Pongo los ojos en blanco.

—Te he dicho muchas veces que me llames por mi nombre. Si no fuese porque eres el mejor hechicero del reino te habría echado hace mucho tiempo.

Brais me dedica una sonrisa burlona.

—Si así te sientes mejor: Zenda, necesito que me digas que quieres que hagamos.

—Eso me gusta más. Las órdenes son sencillas y claras: no ataquéis bajo ningún concepto, solo nos dedicaremos a esquivar. En cuento me reconozca se habrá acabado el combate.

Creo que mis tripulantes no están muy de acuerdo conmigo, sobre todo por las caras que ponen, pero mientras me hagan caso me da igual.

Miro al frente, justo a tiempo para ver como el otro barco lanza sin pensarlo su primer cañonazo, directo hacia nosotros.

—¡Brais!

Nuestro barco cambia de dirección en el último momento. Eso ha estado muy cerca. Noto el sudor en la cara.

—Maldita sea, si nos matan esto no habrá servido de nada. Estad más atentos.

Veo a gente asentir, pero no me basta. Hemos estado a punto de morir.

Nuestro barco se vuelve loco y empieza a dar vueltas. Estoy a punto de volver a reñir a Brais cuando lo veo: uno de los hechiceros del otro barco está levitando sobre el nuestro.

Le hago una señal a Brais y el hechicero cae a la madera. El barco se para. Me dirijo hacia él y me quedo a sus pies. Tarda unos segundos en levantar la mirada, pero cuando lo hace su cara se transforma en una interrogación.

—¿Qué es esto? ¿Zenda? ¿Quieres que Alaia no te vuelva a hablar?

—Axel, sabes perfectamente que Alaia no me va a dejar de hablar. Pero sí que te voy a pedir un favor: ve a ese barco y dile a tu princesa que se ha acabado. No lo digas que me has visto. Solo dile que la princesa de este barco quiere hablar con ella.

No parece muy convencido, pero se acaba yendo a cumplir. Sé que me ha hecho caso cuando la bandera blanca se alza.

Los barcos se colocan paralelamente y creo que nunca he estado tan nerviosa. Las pasarelas se juntan para formar un puente entre las dos embarcaciones.

Según la tradición las princesas deben de ir acompañadas de dos soldados como mínimo para garantizar su seguridad al reunirse con la otra, pero está vez no será necesario. Por eso, cuando algunos de mis tripulantes hacen el amago les ordeno que retrocedan con la mano.

Brais me habla desde el puesto del vigía:

—Ya la veo, viene acompañada.

Aunque no me guste admitirlo Brais siempre se preocupa por mí. Le sonrío e inicio la marcha que marcará mi destino.

La pasarela me impone. Bueno, más bien me impone Alaia, quien está a los pies de esta. Sé que en cuanto levante la vista me reconocerá. Espero que no se enfade mucho. Empiezo a caminar hacia el centro y nuestras miradas se cruzan. Veo como su expresión se llena de incredulidad. Corre hasta alcanzarme, dejando atrás a los soldados.

—¿Te has vuelto loca? Te podría haber matado, pensé que estaba luchando contra alguna amenaza para el reino.

He estado ensayando tanto lo que le diría en esta situación que me sale solo:

—Déjame explicarme. Escúchame dos minutos y luego decides si me mandas a la mierda o no. ¿Estás de acuerdo?

Duda, pero acaba asintiendo.

—Bien, no es ningún secreto que estoy enamorada de ti. Nuestra relación tiene ya un tiempo y me has hecho muy feliz. Puede que esta idea haya sido una locura y puede que me arresten por ello, pero era la mejor oportunidad. Haría cualquier cosa por ti y, desde luego, quiero pasar el resto de mi vida contigo —Hinco la rodilla en el suelo—. ¿Quieres casarte conmigo?

Me queda claro que espera cualquier cosa menos esta. La forma en la que me mira me aterra. ¿Y si me dice que no?

—Levanta de ahí y ven a besarme. ¿Cómo no iba a querer casarme contigo?

No me lo pienso dos veces, me levanto y me abalanzo sobre ella. El beso dura un par de minutos, en el que solo existimos las dos. Nosotras y nuestros latidos. Cuando nos separamos sonrío como una boba.

Nuestros tripulantes lo celebran, me llegan los vítores.

Es todo tan perfecto y bonito que no lo veo venir. Pronto los aplausos se convierten en gritos y advertencias. Dos enormes barcos aparecen por el horizonte y se colocan uno a cada lado de la pasarela. Reconozco en seguida a uno de los capitanes, debí imaginarlo. Miro a mi prometida.

—Alaia, tienes que volver a tu barco. Déjame hablar con tu padre, se lo explicaré todo.
Veo el miedo en su mirada.

—Te arrestará, yo soy su hija y puedo convencerle de que lo deje pasar.
Niego con la cabeza.

—Ambas sabemos que eso no es cierto. Si te quedas posiblemente te espere el mismo destino que a mí. Así que déjame solucionarlo.

No la veo muy convencida.

—Está bien pero no creas que te voy a abandonar tan fácilmente. Me tendrás que soportar durante el resto de tus días.

Es increíble que incluso en esta situación consiga sacarme una sonrisa.

—Eso ya lo sé. Ahora vete a contarle a tus tripulantes que te casarás conmigo.

Tarda unos segundos, pero se acaba yendo. Yo, por el contrario, me quedo sola en la pasarela. Me giro ante el barco de mi suegro.

No tarda mucho en aceptar mi invitación. Las dos pasarelas de los barcos se extienden para formar una cruz con las nuestras. Parece todo muy calculado ya que caen justo donde estoy yo, en el centro.
La verdad es que solo me esperaba que bajase el padre de Alaia, pero del otro barco se aproxima por la pasarela el capitán junto a unos cuantos soldados. Yo les ignoro y me giro hacia el que me interesa.
Cuando llega a mi altura les hace una señal a los de atrás para que paren.

—¿Qué es esto?

Tan amable como siempre. Nunca le ha sentado bien ser rey.

—No tienes de lo que preocuparte majestad. Solo estaba hablando con su hija —señalo el barco de Alaia—. Por cierto, tenemos una gran noticia para usted. Sé que en el pasado hemos tenido nuestras diferencias, pero estoy segura de que las podremos dejar atrás por su hija. A partir de ahora nuestros reinos estarán más unidos que nunca. Alaia y yo vamos a casarnos.

No parece que esté muy contento, su expresión sigue siendo fría. Veo el leve atisbo de una sonrisa y, tonta de mí, pienso que me voy a librar. La carcajada resuena por todo el cielo, juraría que la han escuchado incluso en tierra.

—¿Te piensas que después de montar todo esto me olvidaré sin más?

No sé que decir, tengo miedo. Así que recurro a lo único que se me ocurre:

—Sabes que se iniciará una guerra. Mi padre nunca se conformará, moverá cielo y tierra.
Nunca me ha gustado este hombre y menos ahora, sonriendo como si no le importase nada lo que le estoy diciendo.

—Padre, ya vale. Zenda es mi prometida y no le harás nada. Ya no soy una niña a la que debes proteger. Sé que siempre has mirado por mi bien, pero tienes que dejarme elegir y yo elijo pasar el resto de mis días con ella. La amo y, aunque esta no ha sido la mejor forma de pedirme matrimonio, sé que lo ha hecho con buena intención.

Alaia aparece a mi lado y, por primera vez desde que le conozco, parece que su padre realmente la escucha. Asiente.

—Tienes razón, mereces poder elegir. Supongo que solo pensaba en mí y en que no quería que te fueras de mi lado.

No comprendo nada. ¿Cómo que irse de su lado? No entiendo que tiene que ver conmigo por lo que la miro.

—¿Qué quiere decir?

Alaia no sabe donde meterse, evade mi mirada. Le cojo una mano y lo obligo a mirarme.

—Le dije que quería irme a vivir contigo. Lo más gracioso es que pensaba pedirte matrimonio yo.
Eso sí que no me lo esperaba. Sonrío y la abrazo.

—Eso es fantástico y ¿cómo pensabas pedírmelo?

Se separa y me mira a los ojos. Pronto saca su sonrisa juguetona.

—Tenía pensado algo más romántico y no tan loco como lo tuyo.

Me río. Es cierto que podría haberlo hecho más íntimo, pero no se lo hubiese pasado tan bien.

—¿Te vienes conmigo? Ya sabes que nuestro palacio es muy amplio.

Mira a su padre, supongo que en el fondo busca su aprobación.

—A mi no me mires es tu decisión.

Creo que esta es sin duda la sonrisa más bonita que le he visto a Alaia.

—Padre, prometo ir a verte y más adelante estaremos una época allí. Pero de momento me voy con Zenda, siempre he querido salir del reino.

Su padre parece feliz, al fin y al cabo sí que se alegra por su hija. Ha sabido respetar su decisión y sabe que de no ser así la hubiese perdido. Supongo que me he confundido con él, es un buen padre después de todo.

—Zenda, dale saludos a tu padre de mi parte. Hubo una época en la fuimos amigos.

Eso me pilla desprevenida, pero asiento.

—Te doy mi palabra de que tu hija va a ser tratada como se merece. No he conocido a ninguna mujer tan fuerte y valiente como ella. Será que le viene en los genes.

Alaia a mi lado se sonroja. Se adelanta y no le deja responder a su padre:

—Bueno, deberíamos ir partiendo. Te quiero mucho padre, nos veremos en poco.
Se dan un abrazo que susurra promesas. Tras unos segundos se separan.

—Pasadlo bien chicas.

Alaia sonríe y me toma la mano. Juntas empezamos nuestro camino hacia la libertad.




sábado, 20 de enero de 2018

Enero 1 #OrigiReto2018

Por fin traigo el primer relato de los #OrigiReto2018 Os los enlaces con información sobre el reto por si os interesa: http://plumakatty.blogspot.com.es/2017/12/origireto-creativo-2018-juguemos.html?m=1
http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com.es/2017/12/reto-de-escritura-2018-origireto.html?m=1
En esta ocasión he elegido el número 4.

4. Escribe un relato en el que el protagonista se convierta en un asesino.

Mi vida se ha vuelto una espiral de acontecimientos absurdos que lo único que provocan es que no tenga ganas de seguir adelante y mi padre no mejora las cosas. Ese hombre solo grita y cuando alguien osa contradecirle en lo más mínimo echa fuego por los ojos y eleva la voz todavía más, si es que eso es posible.

Incluso ahora recuerdo el día en que le eché en cara su comportamiento. Le dije que no nos trataba bien, le dije que maltrataba psicólogicamente a mi madre, le dije que nosotras estaríamos mejor sin él. Ese día, literalmente, se transformó en un monstruo: su expresión se desfiguró y, sin esperármelo, su mano chocó contra mi cara. Recuerdo como salí de casa, dispuesta a denunciarle pero sin el valor suficiente. Me pasé horas sentada en frente de la comisaría, deseando reunir el coraje suficiente. Pero antes de que esto pasara, él vino a recogerme. No sabía como se había enterado de que estaba allí, pero no quería irme con él. Juro que no quería, pero se puso a llorar y a pedirme perdón. ¿Cómo no iba a perdonar a mi propio padre? ¿Cómo no iba a perdonar al que me había dado la vida? Así que lo hice, le perdoné. Por eso ahora, mientras veo como llora mi madre, me digo que es culpa mía. Si hubiese entrado en esa comisaría esto no estuviese pasando.

Hago lo que siempre hago en esta situación desde ese día, me encierro en mi cuarto y me echo a llorar.

Alguien llama a mi puerto y doy un respingo. La abro, no sin antes limpiarme las lágrimas con la manga, y lo que veo no mejora la situación. Mi madre, con una sonrisa fingida y con los ojos hinchados,e mira directamente.

-¿Puedo pasar?- Me pregunta, vacilando.

Le hago un gesto con la mano y ella entra. Estoy a punto de creer que se echará a llorar pero, rápidamente, se vuelve a recomponer y habla entrecortadamente:

-Lo he estado pensando y es mejor que te vayas una temporada a la casa de tu tía.

Sus palabras me duelen, se me clavan en el corazón y me impiden respirar.

Hablo desde el dolor y la rabia acumulada:

-¿Para que ese monstruo pueda hacer contigo lo que quiera? No pienso irme sin ti. Vámonos las dos, si nos quedamos más te acabará matando y lo sabes.

No sé si le pillo por sorpresa o realmente está tan engañada como para pensar que lo estoy exagerando pero su expresión me rompe el corazón.

-Es tu padre y te quiere, nos quiere. No vuelvas a decir algo así nunca más.

Otro día hubiese aceptado dejar el tema de lado y fingir que no pasa nada. Pero mis ojos se topan con una marca en su brazo. Se nota que la ha intentado disimular pero aún así se ve. Por un momento no entiendo lo que eso significa pero pronto la rabia se apodera de mi.

Sin decirle ni una palabra salgo de mi cuarto, siento que me sigue.

-¿Qué vas a hacer? ¡Detente!

Me sigue hablando pero yo ya no la escucho. Solo sé que me encuentro en la cocina, sin un plan, cogiendo el cuchillo más afilado que tenemos.

De repente, ese tipo que se hace pasar por mi padre entra por la puerta y me mira:

-¿Se supone que tengo que tener miedo?

Se ríe y se acerca y me sonríe.

Esperaba, al menos, ver una súplica en sus ojos pero lo único que veo es diversión. Y eso hace que mi rabia aumente, que mi ira se multiplique.

-Te voy a borrar esa maldita sonrisa, como tu te encargas de hacer con mi madre. Pero con una diferencia, tú no te levantarás después.

Veo todo borroso, la cabeza me da vueltas. Aún así, me adelanto, con el cuchillo en alto, y lo hundo con todas mis fuerzas.

El chillo de mi madre rompe la noche y estoy a punto de intentar tranquilizarla cuando veo la sangre brotando.

El cuchillo sobresale del pecho de mi madre y veo como se desploma.

Me rompo, caigo de rodillas, tiemblo.

-Al final has acabado tú con su vida. ¿Has visto la cara de horror que le has causado?

Mi padre se ríe.

Lloro, lloro por mi madre, lloro porque ha decidido salvar a un malnacido antes que vivir.

Recupero el cuchillo del cuerpo sin vida de mi madre. Cuando lo levanto y lo hundo una y otra vez en el monstruo no lo pienso, descargo todo lo que pueda quedar dentro de mí en cada puñalada.

Al final paro porque no me quedan más fuerzas, acabo llena de sangre.

-Ríete ahora, ríete ahora que estoy bañada en tu sangre, ríete ahora que no podrás volver a tocar a mi madre...

El dolor vuelve más intenso que nunca al mencionar a mi madre. Ella no se merecía esto, se merecía algo mejor y yo se lo he arrebatado.

Decido que lo justo es que yo no siga adelante, ya que mi madre no puede hacerlo, y le prendo fuego a las cortinas de toda la casa.

Por último, me tumbo en el sofá y de lo último que soy consciente es de que él no ha ganado.